11 noviembre, 2013 | by Dra. Alexis Schreck
¿Qué es el amor?
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“El amor intenta entender, convencer, vivificar. Por este motivo, el que ama se transforma constantemente. Capta más, observa más, es más productivo, es más él mismo”.

Erich Fromm

El amor es una fuerza que surge a partir del primer encuentro con la madre y posibilita la vida misma, su desarrollo y su impulso. El amor recibido, su constancia y fortaleza nos permitirá amar, primero a nosotros mismos y posteriormente al semejante y a la pareja, formar familia, sociedad y cultura. No en balde decía el psicoanalista Sigmund Freud que una persona sana debía ser capaz de dos cosas: amar y trabajar.

En la mitología griega Eros era el dios primordial de la atracción sexual, el amor y el sexo, también venerado como Dios de la fertilidad. Eros era hijo de Poros (abundancia) y Penia (pobreza) lo que explica los múltiples avatares del amor, pues nos va a estar moviendo emocionalmente entre estos dos cabos: su exceso y su falta. Para Freud, Eros representaba la unión, la vida, la atracción de los diferentes elementos vitales en conjuntos más grandes. Todo lo que une y representa a la vida y a lo vital está relacionado con el poder de Eros.

Aunque es claro que existen otros tipos de amor como el amor a uno mismo, el amor a los hijos o a los padres, a Dios o a la humanidad, hoy pensaremos más en el amor de pareja, ese motor que nos moviliza pero que a la vez es fuente de tanto dolor.

El amor de pareja: EROS, exclusividad, esfuerzo, pasión

El amor que nos representa un mayor conflicto y sufrimiento es el amor de pareja porque en él se juegan una serie de mecanismos psicológicos que nos dejan a la deriva emocionalmente y nos colocan en lugares muy vulnerables.

Freud decía que la relación de romántica no es un encuentro sino propiamente un reencuentro. ¿Qué quiso decir con esto? Ya en la infancia todos tuvimos una experiencia única e increíblemente íntima con la persona que nos cuidó, que nos amamantó, nos protegió y, de alguna forma, nos rescató de esa sensación de desamparo que invade a cualquier bebé indefenso: nuestra madre. El bebé humano es particularmente dependiente de la figura materna muchos años, a diferencia de otros animales que se vuelven autosuficientes en poco tiempo, ello hace que la relación afectiva, el vínculo, sea más importante y nos marque más.

Sin embargo, esta intensidad primaria con la madre en la tempranísima infancia, cuando el bebé siente que es uno mismo con la madre y que la madre no tiene existencia aparte de él, se pierde. El bebé comienza a crecer y se tiene que ir separando de la madre, deja el pecho, deja sus brazos, y la mamá también se va ocupando de sus propias labores e intereses, incluso a veces tiene otro hijo, o más.

De la experiencia de perder esa relación tan perfecta y única, donde madre e hijo son “uno mismo” surge en el ser humano las ganas de volver a reencontrarla, o lo que llamamos “deseo”.  En realidad estamos buscando en otro lado lo que ya tuvimos, nomás que no lo sabemos. Creemos que un amor vendrá a colmarnos de la misma forma que alguna vez fuimos colmados.

Así, al encontrarnos con nuestra pareja, realmente estamos volviendo a repetir la experiencia amorosa de la primerísima infancia, con todas las huellas que esta nos dejó; hemos encontrado al “objeto del deseo”. Esto es, en la pareja, o en su búsqueda, pensamos que encontramos al primer amor que perdimos en la temprana infancia.

Ahora bien, esta emoción pasional que viene con el enamoramiento genera una sensación de completud total, uno se siente colmado y pleno. No obstante, sabemos que esta sacudida dura relativamente poco pues se enfrenta con serias dificultades. ¿Cuáles son? en primer lugar, el “objeto de deseo” al ser encontrado, deja de serlo. Yo puedo desear con todo mi ser comprar un coche de tal marca y modelo, pienso que eso colmará mi vida, y este deseo me mueve a trabajar, ahorrar, luchar hasta que pueda adquirirlo. Apuesto a que después de algunos meses de pasearme por toda la ciudad con él, este dejará de ser tan indispensable y el deseo se tendrá que mover en otra dirección, en búsqueda de otra cosa.

Lo mismo sucede con la pareja. Al principio uno siente que el otro es todo para uno, que son “uno mismo”, que él o ella son “justo lo que siempre quise, deseé, esperé…” El amor encontrado es idealizado y perfecto y sobre él se construyen escaleras al cielo. El tiempo y la convivencia van aportando realidad y la posibilidad de ver al otro como quien realmente es, la relación se va afirmando en lo íntimo pero lo pasional se va tranquilizando. Ya no seremos uno y otro el objeto de deseo para el contrario, aquello que colma por completo, porque ya estamos en una relación más estable. Ahora tendremos que devenir el objeto de amor uno para el otro, querer y dejarse ser querido. Es importante poder hacer el duelo, esto es, renunciar a la relación idealizada y pasional y aceptar esta nueva relación más genuina y real.

Suena fácil ¿verdad? Sin embargo me parece a mí que es el tránsito que más se nos complica, pues nos asusta verdaderamente. Encontraremos en nosotros y en nuestros amigos cercanos que todo el tiempo estamos forzando nuestras relaciones sentimentales para que retomen estos arrebatos pasionales, para que vuelvan a soltar flamazos, frecuentemente mediante provocaciones que terminan en disputas. Queremos volver a colocarnos como “objeto de deseo” de nuestra pareja, ser “todo” para él o ella, y que nos lo demuestre vivamente. Eso alimenta nuestro ego, al menos momentáneamente, como el coche del que hablábamos líneas arriba.

De la misma forma, nos cuesta trabajo renunciar a la vitalidad del deseo por el otro, e ingresar al ámbito del cariño y del amor. En pocas palabras, lo que parece que más nos cuesta es simplemente querer y dejarnos querer. Por ello podemos afirmar que el amor, ese amor que recordamos para siempre, el amor de la vida, es siempre un amor imposible, un amor que se mantuvo en la primera fase y no pudo pasar a la segunda. ¿No nos dicen todas las historias románticas que el amor sólo se da en el desencuentro? El amor “imposible” es aquel que se venera para siempre.

Otra problemática del amor de pareja es el montón de cosas que le colocamos, aspectos psicológicos que nos corresponden a nosotros, a nuestros propios mapas emocionales, a los tejidos amorosos que se plasmaron en nuestra niñez. Así seremos personas ultra dependientes, o celosas, o manifestamos un gran temor al abandono, lo cual nos marcará en el “reencuentro” de aquella vivencia que llamamos amor y que ahora colocaremos en alguien más (como dice la tía de una querida amiga: en alguien “que ni es de tu familia”).

Sí, primero idealizaremos y le colocaremos una serie de cualidades que no necesariamente porta, sino que tienen que ver con nuestras necesidades conscientes e inconscientes. Crearemos un espacio de ilusión que tendrá que irse desvaneciendo cuando la realidad vaya haciendo de las suyas. Ese ser perfecto e idealizado aparecerá en toda su dimensión real y de nuevo será imperante realizar un duelo por aquel ser ideal perdido y así poder reencontrar a la persona real, que es un ser como uno mismo es: sólo una mujer, sólo un hombre, nada más.

Por otro lado, toda relación implica su dosis de agresión. Uno siente que depende de lo que ama y por eso también lo odia, porque su pérdida nos remite a un dolor inaguantable. Por ello uno desea poseerlo y controlarlo, para que nunca nos deje desprotegidos y de nuevo frente a nuestro desvalimiento y nuestra soledad. El amor de pareja, el amor sexual, es un amor egoísta y posesivo, exclusivo, es muy difícil amar en libertad. Sin embargo, una pareja fuerte es aquella que se sigue amando aún cuando más se odia, y que acepta que ambos sentimientos pueden, y deben estar fuertemente vinculados y vivos, y que es eso lo que justamente mantiene esa pasión que revive una y otra vez el amor de pareja.

Dice Fromm en “El arte de amar”:

“El amor erótico: el anhelo de la fusión completa, de unión con una única otra persona. Por su propia naturaleza es exclusivo y no universal”.

Claramente el amor es fuente de todo lo creativo y hermoso, pero también de las más ácidas guerras, hay tanto que decir…

Les recuerdo nuestra página:

PSICONOCER (www.psiconoce8.wix.com/psiconocer)

 

Foto: Pink Sherbet Photography via photopin cc

Sobre 

Psicoanalista y psicoterapeuta de adolescentes y adultos. Docente de posgrado y ex coordinadora del Doctorado de la Asociación Psicoanalítica Mexicana, por su interés en la investigación en temas relacionados al psicoanálisis. Autora de diversos escritos tanto académicos como de divulgación y dos libros: “Mitos del Diván” y “La compulsión de repetición: La transferencia como derivado de la pulsión de muerte en la obra de Freud.”

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